Estoy desesperado. Hace una semana que no como carne. Puro arroz y fideos, pizza casera porque sobró harina, tortafritas, mate y cigarro. Sábado al mediodía y un sol que raja la tierra. A tres cuadras hay un chino. "Ya fué" pienso, y decido darme el gusto de clavar un churrasco de paleta. Uno solo. Me voy a cagar de hambre, voy a tener que llenarme con más arroz, pero si no como carne hoy, ahora, ya...
Parece como si me fuera diluyendo, como si la tan mentada escencia se escapara de a gotitas por cada poro, y en cualquier momento no soy yo. La tristeza cansa más en verano. A la vez, es más contagiosa, se hace colectiva, y no hay nada más triste que la tristeza colectiva.
Son las 11 y media de la mañana de este sábado bastardo, de este enero bastardo, de este 2002 bastardo. Caminar con toda la tristeza propia y ajena se hace dificil, aún que sean apenas tres cuadras y el objetivo final un churrasco de paleta. Un tierno churrasco, a punto, con breve grasa dorada, tentador, placentero, añorado y mísero churrasco.
Entrar al supermercado chino (donde hace un par de meses cagaron de un cuetazo al guardia, donde presencié el único asalto de mi vida con policías desenfundando y todo)... digo, entrar al chino no aplaca ni el calor ni la tristeza. En todo el local parece haber apenas dos clientes. Las góndolas, otrora rebosantes de segundas marcas, están semi vacías. Me llama la atención el estante de las latas: no sólo está despoblado, sino que además entre cuatro en fila más o menos bien ubicadas hay dos cruzadas y volteadas. Parecen decididas a rodar hasta el borde, lanzarse a la aventura, cansadas del manoseo miraprecio. Dos latas caídas en una góndola, otra expresión de la tristeza.
Enfilo para el fondo, para la carnicería, ansioso por conseguir mi único e irrepetible churrasco de paleta. La heladera/mostrador está vacía, y vacía queda también mi alma. En un segundo se me vienen a la cabeza los patacones, los lecop, las monedas que llevo en el bolsillo, retazos de mi sueldo, porque sí, claro, trabajo, y trabajo en blanco, en el Estado, tengo un sueldo todos los meses, o algo así, y claro que hay gente que está peor, pero eso no cambia que con mis patacones... No hay carne.
Busco la mirada del carnicero, imagino que mi cara expresará a esta altura una mezcla de resignación, ira, desesperación, y tristeza, claro. Esa tristeza que nace de la boca del estómago, sube apretando el pecho, se anuda en la garganta y estalla en los ojos, en lágrimas retenidas, y porqué, porqué, laburo todos los días, quiero un churrasco, porqué...
"Eso es lo único que queda, che" me dice casi en una disculpa el carnicero, señalando medio hígado. "Hace tres días que no bajamos", completa.
También por eso la volví a votar.
martes, 25 de octubre de 2011
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