
(Nota: esto fue escrito hace bastante tiempo. Probablemente en el año 2006)
Pensar un disco con el piano como único instrumento es de por sí un desafío. ¿Cómo no convertirse en el nuevo Banana Pueyrredón? ¿Cómo no caer en el abismo de Richard Clayderman? Juan Pablo Bochatón se anima en Lejana, se mete en el disco, y lo resuelve con holgura. Hay un punto anecdótico en todo esto. Empezó a componer sólo con el piano porque le entraron a robar en la sala de ensayos. El único instrumento que le quedó sirvió de base para estas canciones, que no había pensado en grabar hasta que un amigo se lo propuso.
El piano y la (única y solitaria) voz se acoplan de manera dinámica. Por momentos, uno se impone a la otra, por momentos viceversa, en una especie de lucha libre en que los revolcones no son desacierto sino más bien la transición en el dominio del campo auditivo.
Puntualmente, el piano no suena meloso ni (únicamente) sedante. Aparece también golpeando, demoliendo, castigando. Esto se nota principal (pero no exclusivamente) en las notas graves. También aparece acunando, acariciando, creando melodías alternativas a la que lleva la voz, marcando ritmos y cambios. Por otra parte, el sonido no está distorsionado. Es un piano clásico, puro, no un teclado con efectos, lucecitas y artificios. La sensación que queda es la de un mar bravío que por momentos estalla en fuertes olas, pero que también llega sereno a la costa. Esa cosa ambivalente y contradictoria es más que interesante.
Por su parte, la voz navega ese mar, por momento hundiéndose en él pero sin llegar nunca a naufragar. Transita por momentos de desamparo, energía, desgarro, arrullo. Es sorprendente su ductilidad y expresividad (aunque no hace alarde de un registro amplio) para llevar melodías que acompañan perfectamente a la poesía. A lo largo del disco se nota como pareja, sin estridencia, más allá de esos momentos que transita. Es decir, las variaciones tienen que ver con algo más conceptual que histérico, demostrando que gritar no es la única manera de demostrar una energía contundente. Es de destacar que se banca todo el disco sin meter segundas voces, con lo que sale algo muy directo, muy “en vivo”.
A todo esto falta sumarle una poesía sutil, que camina por la cornisa de la melancolía sin desbarrancar en la nostalgia. Lo perdido aparece como algo que falta, pero no como algo que murió, y eso es exquisito. Además cuenta con una capacidad para generar imágenes verdaderamente inusitada. Si bien parte de algo muy personal, no cae en el vicio críptico que algunos tienen. Con metáforas sencillas, frases que sintetizan estados de ánimo a la perfección, interpelaciones directas, enumeraciones certeras, las letras dibujan esas imágenes, que al unirse con el piano y la voz crean un clima muy intimista.
En síntesis, un disco completo, muy bien armado (es de destacar la secuencia en que están ordenados los temas, incluso), con una lógica artística sobresaliente.
Todo el disco es altamente recomendable, aunque se pueden mencionar algunos temas destacados.
Solar: Un principio fuerte, no por estridencia sino por la definición que brinda del disco. Propone claramente la clave en que se puede escuchar el disco. “Parece que estoy bien, parece que es verdad, que importa el corazón si el embrujo es solar” en el estribillo, “Me cuesta creer que en un tiempo fui el príncipe que es la rana de hoy”, al comenzar la segunda estrofa. Con respecto a esta última metáfora, hay que señalar que también nos pone frente a la búsqueda poética de Bochatón.
El piano va fomentando los diversos climas de este tema, pasando de la calma al golpe tormentoso, y en este sentido, es también un buen comienzo para definir el rol de la música y el instrumento. Una constante lucha con la voz para establecer el dominio, definir quien manda.
Sin mañana ni estrella: Un piano tenue, muy básico, que en un principio no elabora melodías, sino que le deja ese lugar a la voz, simplemente acompañando. Pero en ese acompañamiento se generan las batallas y los entremedios del estribillo y las estrofas. En el intermedio asume un rol protagónico, cumpliendo la función de crear una melodía con fondos casi oscuros.
Poéticamente, mantiene la línea. “Corazón, corazón que navegas entre las mareas de la desazón, orientando a tu pecho las velas, el viento te lleva a saber quién sos”. Una frase muy potente, que abre brecha en un destino incierto, pero con un viaje necesario.
Lejana: Se destaca desde un principio, porque es el único tema del disco hecho con guitarra. Es, sin embargo, una continuidad en el sentido de que sólo hay guitarra en el tema. En este caso, marca el ritmo, únicamente con acorde, sin fraseos ni arpegios. En este sentido, un tema “sencillo” con un ritmo muy agradable.
En cambio, se destaca notablemente la letra, recreada en las melodías que la voz va eligiendo. “Vas perdiéndote en tu sombra, lejana”, “No creas mucho en todo, no creas poco en nada” o “No creas en tu nombre, es nada si nadie te llama” son fragmentos crudos, inapelables y descarnados que dan cuenta de un escepticismo basado en la duda y no en el nihilismo.
Adiós, adiós: La voz nunca se apaga. Acechante, le deja lugar al piano en los intermedios, pero reaparece suave y contundente, inapelable en el mando de la melodía. Hay golpes certeros del piano, reforzando agradablemente el “adiós, adiós, hola mi vida y adiós tu amor”. Sobre el final, piano y voz se trenzan en una pelea melódica para caer exhaustos. Es lógico, fue fuerte reconocer que “llegaste a mi como promesa de vivir, y te creí y sólo fue pobre de mi”, aún con la convicción de que con el adiós “vendrá la calma”.
Quiero: Una canción grave, directa, dolida. A pesar de reconocer que no hay que “culpar al cielo si son nuestros deseos los que andan al revés” no se resigna. El deseo, en definitiva, sigue siendo “que volvamos a ser dos”. El anhelo que sobreviene tras la pérdida es, en algún momento, volver el tiempo atrás. Que todo sea como antes, como nunca más podrá ser.

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