La carnicería de barrio tiene ese “que se yo”, ¿viste? Te encontrás con los vecinos, con el tiempo los vas identificando, imaginás en que casa de la cuadra viven. Por las charlas (mayormente con el propio carnicero) hasta conocés alguno de sus problemas.
No suelo entablar conversación en esos ámbitos. Prefiero la observación no participante. A lo sumo una sonrisa distante, un “ahá”, incluso un “y... si” de fastidio más que de acuerdo. Al entrar, una señora está comprando. Lleva bola de lomo, pesceto, dos pollos, asado de tira, vacío, picada de paleta. Chorizos por supuesto que no.
Anda por los cincuenta y tantos, mal disimulados con un maquillaje “legrandesco” (o “chiquitoso” si prefieren). Entre el pelo renegrido de tintura cuesta adivinar alguna cana rebelde. Pollera negra y una de esas blusas de seda con motivos que bien podrían haber sido mantel, o cortina. Parecen flores, pero ¿quién sabe?. Sobre el fondo blanco, colores anaranjados, amarillo pálido, rosa. Alhajas, por supuesto, anillos, cadenitas, y un par de aros de presión lo bastante exagerados como para no pasar desapercibidos.
Parece que va terminando la compra. Mira la heladera exhibidora, como si los cortes fueran un ayuda memoria. Por fin, anuncia el “nada más por ahora”, mezclado con refunfuñes por el cajero, la inflación, el calor. Esas cosas de las que nos quejamos un poco todos.
“¿No lleva algo de cerdo?” le pregunta el carnicero. “No, gracias” responde, y agrega: “ahora dicen que es afrodisíaco, pero yo no le creo nada a la conchuda”.
Ahora entiendo.
No suelo entablar conversación en esos ámbitos. Prefiero la observación no participante. A lo sumo una sonrisa distante, un “ahá”, incluso un “y... si” de fastidio más que de acuerdo. Al entrar, una señora está comprando. Lleva bola de lomo, pesceto, dos pollos, asado de tira, vacío, picada de paleta. Chorizos por supuesto que no.
Anda por los cincuenta y tantos, mal disimulados con un maquillaje “legrandesco” (o “chiquitoso” si prefieren). Entre el pelo renegrido de tintura cuesta adivinar alguna cana rebelde. Pollera negra y una de esas blusas de seda con motivos que bien podrían haber sido mantel, o cortina. Parecen flores, pero ¿quién sabe?. Sobre el fondo blanco, colores anaranjados, amarillo pálido, rosa. Alhajas, por supuesto, anillos, cadenitas, y un par de aros de presión lo bastante exagerados como para no pasar desapercibidos.
Parece que va terminando la compra. Mira la heladera exhibidora, como si los cortes fueran un ayuda memoria. Por fin, anuncia el “nada más por ahora”, mezclado con refunfuñes por el cajero, la inflación, el calor. Esas cosas de las que nos quejamos un poco todos.
“¿No lleva algo de cerdo?” le pregunta el carnicero. “No, gracias” responde, y agrega: “ahora dicen que es afrodisíaco, pero yo no le creo nada a la conchuda”.
Ahora entiendo.

0 comentarios:
Publicar un comentario